Disculpen las molestias, el taxi está en lucha

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Disculpen las molestias, el taxi está en lucha

Disculpen las molestias, el taxi está en lucha

Una de las características más reconocibles en el conflicto del sector del taxi está siendo la contundencia de los taxistas a la hora de plantear sus movilizaciones, una contundencia que, como no podía ser de otra manera, está teniendo consecuencias en la vida diaria de Madrid, Barcelona, Valencia y otras grandes ciudades.

Muchos periodistas mamporreros, y más de un político, han aprovechado esta circunstancia para justificar sus ataques indiscriminados al sector del taxi y su defensa de una liberalización salvaje que levante los diques al tsunami de la precarización.

Apelando a los ciudadanos y usuarios, señalan agresivamente a los trabajadores en lucha por atreverse a interrumpir la normalidad incuestionable de la rutina.

Todo debe funcionar como un reloj: toleraremos las protestas, en tanto en cuanto no tengan ningún impacto.

El espacio público es de todos y no puede ser secuestrado por una minoría.

Los taxistas actúan como una mafia violenta que atenta contra el resto de ciudadanos, y, en especial, contra los conductores de VTC.

Hemos oído declaraciones de este tipo, por activa y por pasiva, en todas las tertulias. Declaraciones interesadas que atentan contra el derecho mismo a la protesta, a la lucha, y que no son ningún análisis, sino propaganda abierta contra el sector del taxi, al servicio de Uber, Cabify y demás multinacionales.

Es inevitable recordar, cuando estalla un conflicto de estas características, cómo se repite el manual mediático de criminalización de la protesta.

En España, sin ir más lejos, tenemos el caso de los mineros. Mismos argumentos, mismos razonamientos: los mineros son una mafia organizada que recurre a la violencia para mantener sus privilegios.

Se oponen a la evolución técnica y están fuera de la realidad.

Y si retrocedemos algo más en el tiempo, y echamos un vistazo a casos de otros países, es inevitable comentar los casos de Martin Luther King, acosado, perseguido y denunciado por los medios estadounidenses, jaleados por el FBI, y de Nelson Mandela, considerado oficialmente un terrorista hasta 2008.

El caso de los taxistas no es más que el último episodio de la larga guerra que libran los capitalistas contra el derecho democrático a la protesta, siempre intentando criminalizarlo para acotarlo, limitarlo, y, en última instancia, despojarlo de todo sentido.

La protesta, si no tiene un impacto real, no es una protesta.

El derecho a protestar no es el derecho a decir que no se está de acuerdo: ese derecho ya está amparado por la libertad de expresión.

Además, el derecho a protestar es el derecho a influir, a ejercer presión, a plantear una lucha de igual a igual a aquello contra lo que se protesta.

Pretender que los taxistas luchen contra Uber y Cabify quedándose en casa es, en la práctica, arrebatarles el derecho a protestar.

Las movilizaciones, bloqueos, cortes de carretera… que se han llevado a cabo no sólo son justas, sino necesarias.

En cuanto a los supuestos casos de violencia, aireados y repetidos hasta la saciedad por los medios de comunicación, no son más que casos aislados que no representan para nada la tónica general de las protestas.

Los taxistas no van por ahí disparando ni apedreando a los VTCs, por mucho que se intente vender esa imagen.

Esa campaña de criminalización es parte de la propaganda contra la protesta, con la intención de plantear el conflicto del taxi como una lucha entre trabajadores (taxistas y conductores de VTC), cuando se trata de una lucha entre trabajadores y multinacionales.

Pero no son pocos los que compran ese discurso.

No faltan los trabajadores que repiten el mismo argumentario para atacar a los taxistas, y, a través de ellos, intentar minar el derecho a la protesta. Es lo que en el primer editorial de la revista lamayoría denominaban la Zona Cero.

La falta de conciencia de la clase trabajadora no se expresa solamente en la dificultad de plantear un programa alternativo al del gran capital, sino también en el abandono o el rechazo activo de herramientas de lucha como las que están empleando los taxistas.

Mientras la conciencia de la clase trabajadora siga hundida en esa Zona Cero, en ese agujero negro de liberalismo, las campañas mediáticas de criminalización de las luchas obreras seguirán encontrando eco entre los propios trabajadores.

La defensa de una política de clase no es sólo un asunto de fondo, sino también de forma: atraviesa a toda la clase y determina por completo su participación en la política, desde el contenido de sus propuestas hasta la forma en que estas se defienden.

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